
Hoy te vi. Era la décima octava vez que caminaba por la cuadra 1 de Porta y te vi. Estaba cruzando la Av. Benavides y noté tu casaca de jean. Hablabas con alguien a la altura del número 170. Seguí caminando pero entraste al edificio. No aceleré el paso, no te avisé, solo sonreí. Pasé a la acera de enfrente a preguntar por papel fotográfico. Me han regresado las ganas por tomar fotos y, al parecer, por escribir también. Qué fácil salgo de mis crisis, ¿no crees? Pero no tenían el papel que buscaba y volví a la Benavides para subirme a una combi. Seguía sonriendo por el "casi" del encuentro, por la posibilidad de que ocurra. Ya sé que el casi es fácil cuando el ascensor que lleva a los pisos impares de ese 170 está en la misma calle que este piso par en donde ahora vivo, pero la emoción es la misma. Como cuando La Maga pasa frente al bar en donde Oliveira está desayunando, ella no lo ve y él no la ve a ella porque justo en ese momento se atora con un trozo de tostada y se acerca a la barra a pedir un vaso con agua. No estoy segura si esa escena la llegué a leer en Rayuela, pero son el tipo de casualidades que Cortázar suele escribir, y las que nos hacen soltar un "ay" como el que solté cuando vi tu casaca de jean. Porque era como si fuéramos dos personajes equis y yo estuviera leyendo el momento sentada en una banca. Además, no creo que a los personajes les ocurra solo lo que se lee de ellos entre las páginas que llevan sus nombres. Me gusta pensar que eso les puede haber sucedido en alguna calle de París, que eso nos puede pasar en alguna calle de Lima.
Y sentada a la ventana, viendo pasar semáforos, me imaginé a mi en algún otro lugar aún no pisado. En alguna de esas ciudades en donde a las 8 pm doblas en una esquina y te encuentras cara a cara con la luz perfecta, esa que te obliga a semicerrar los ojos cuando rebota en las calles empedradas, esa de las sombras alargadas, definidas, preciosas, como la de “cuatro guitarras y un violín para un baile de sombras”. Me pierdo, como siempre, y, como siempre también, voy leyendo paredes y suelos. No entiendo el idioma pero algo hace que me detenga. Reconozco algo. Un afiche en el que aparece tu nombre, porque claro, eres un músico super recontra famoso que va de giras por el mundo, y entonces yo, que nunca me entero de nada: "Percy Linares, Percy Linares... mmm, algo me suena ese nombre". Hago memoria y luego de tres cuadras, un puente y una plaza: "¡claro, el chico del overol amarillo! ... ¡qué coincidencia". Y tras mucho pensarlo me animo a ir a tu concierto. Miento, seguro que no habría llegado a ir porque me habría dado un infarto con el primer Percy Linares de las entre comillas anteriores. Un narrador aparece: “Vio el afiche, leyó su nombre y se murió. Fin" Como las escenas absurdas que te contaba cuando hablábamos de madrugada, cuando tu reloj marcaba una hora más que el que yo no tengo. Pero como la suerte siempre me acompaña, seguramente luego de hacer malabares en la esquina para juntar monedas y poder comprar una entrada, que, por cierto, una queja, están carísimas, me doy cuenta que el concierto no es solo en otra ciudad sino que ya pasaron más de tres meses. "Vaya mierda" habría soltado. O peor aún, quizás si era en esa ciudad, quizás hasta era ese mismo día, pero al acercarme a la boletería, y luego de muchos intentos por comunicarme habría terminado por enterarme de que "las entradas están agotadas señorita, lo sentimos". Si claro, cuánto lo sienten. Y como siempre que viajo sin maleta no tengo nada importante que hacer, habría esperado de pie en esa esquina. Te habría esperado ahí, horas de horas. Bajo la lluvia. Con un paraguas negro. Estornudando y tarareando una canción de los Enanitos Verdes. Por fin llegas pero no me dices “loca estás mojada ya no te quiero, ja – ja - ja”, no, no me dices nada porque hay unos hombres grandes que no me dejan llegar a ti. "No moleste niña" ladran, o cualquier otra cosa que da igual porque no los entiendo. Y entonces no me queda otra que meterme a un bar a tomar un café caliente. Como una tostada, me atoro y me muero. Fin.
Cuando lo más lógico hubiera sido meterme a una cabina de Internet y escribirte un mail. "No se si este seguirá siendo tu correo electrónico, pero hola, soy Maria, no se si te acuerdas de mi. Estoy en la misma ciudad que tu. Llámame al ..." No, no, seguro no tendría teléfono porque solo estoy de pasada. Lo más probable es que me hayan despedido de otro barco, pero no ha sido mi culpa, lo juro, así, con mano al pecho, la otra en lo alto y la bandera del Perú flameando en el aire. Más bien hubiera escrito algo así como: "Querido Percy Rafael: Seguramente no te acordarás de mi, pero alguna vez compartimos un escenario, alguna vez fuimos juntos a Polvos Azules, alguna vez soñaste que llevabas mi sombrero puesto y alguna vez nos besamos. Siempre creí en las casualidades y ahora estamos en la misma ciudad. ¿Qué te parece si tomamos un café y conversamos? Te espero mañana a las 8:13 en el Café Y. María”.
Seguro que estás ocupadísimo pero no puedes más con la curiosidad por saber quién será esta tal María. Cancelas entrevistas para ir al Café Y, pero no sabes que hay mil Cafés Ygriegas en esa ciudad y ella menos, claro. Entonces pisan calles diferentes y la pantalla se divide en dos. A la derecha está él sentado en una mesa solo tomando un café. A la izquierda ella sola en una mesa tomando un café también. El fuma un cigarro. Ella lee un libro. Él mira su reloj de mano. Ella mira el reloj de pared. A las 9:17 él se levanta y se va, pero ella no. Ya no hay raya divisoria al centro de la pantalla y solo la vemos a ella que sigue leyendo porque no tiene otra cosa que hacer y porque así dice el guión. Están cerrando el local y un mozo con corbata michi se le acerca y le pregunta: “Oye, ¿te puedo empujar?” Ella responde: “no”. Fin.
Un momentito señor narrador, este casi no me hace sonreír tanto en realidad. Mejor que solo exista un Café Ygriega en toda la ciudad. Si, y que solo tenga una mesa para dos, y a las 8:13 él la reconozca al entrar. Se miran, se abrazan, él toma un capuccino, ella una chicha morada, conversan hasta las 4 am, como el primer día y todo lo demás que al escritor se le ocurra agregar a la historia. ¿Fin?
Escrito por un nombre prestado un día que vio a otro nombre prestado.
10 comentarios:
"Andábamos sin buscarnos pero sabiendo que andábamos para encontrarnos"... nunca puedo con Cortazar y su Rayuela, pero esa frase se me quedó grabada
Como una tostada, me atoro y me muero. Fin.
POETICO. Un aplauso para ti.
siempre se me pasan los conciertos de Percy Linares, ¿cómo hago para saber cuándo será el próximo?
Pregúntale a Raúl Spencer, creo que él es su manager.
Raúl Spencer no vive en Miami? tienes su fono, su mail o su web?
Busqué en google "percy linares" con todo y comillas y sólo me salieron unos links de un blog equis.
De verdad quiero ir a su próximo concierto y sé que es caletaza, no quiero que me pase lo mismo que con colectivo circo band, que siempre me lo pierdo.
Si, vive en miami, pero es lo único que sé de él.
... y de Percy Rafael no se nada desde que lo vi a la altura del 566 de Porta y desde que lo leí en un comentario de un blog equis.
Lo siento, no te puedo ayudar.
Más bien, si llegas a averiguar la fecha de su próximo concierto avísame, fácil podemos ir juntos. ¿Cómo te llamas?
sí, de hecho sí, y si tu llegas a saber la fecha también pásame la voz.
Me llamo Jose "algo".
... Jose qué?
Siempre he admirado tu manera tan extravangante de ver la vida, y tu forma de escribir sobre ella...me gusta tu manera de dejar todo con un "quizas" y o signo de interrogacion...al final cada historia, cada espacio del tiempo en el que vivimos algo tiene como acompanante un "?"...porque estoy convencida de que todo siempre, tienen segunda parte. Crees que quizas, Maria y Percy llguen a estar en ese cafeY alguna vez, otra vez?
Eso espero, solo es cuestión de que se acuerden dónde queda o que al narrador le dé la gana de hacerlos doblar la misma esquina y que ninguno coma una tostada ni se atore.
... el libro siempre está abierto, como algunas ventanas, y el viento seguirá pasando las hojas en blanco hasta que ...
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